Adicta al adicto

Suena el teléfono. Son las ocho y media de la tarde. Es él. “Tardaré en llegar, estoy con unos amigos. Estate tranquila”. Es su voz. O mejor dicho, es su otra voz. A ti, a estas alturas, solo te hace falta escuchar la primera palabra. No te cabe la menor duda de que ha vuelto a beber, como antes de ayer, y como antes de antes de ayer. Ya lo habéis hablado mil veces, un millón de veces. Al principio se lo decías con buen tono. “Cariño, yo creo que …”. Después enfadada. Cada vez más enfadada. Ahora quizás ya no quieras decir nada.
También ha ocurrido demasiadas veces que se lo has pedido suplicando, desesperada. “Por favor, deja de beber… por tus hijos, por ti, por nosotros”.
Esa tarde, tras colgar, miras de nuevo a los niños a través de la ausencia de su padre, y ese mirar te devuelve la profunda angustia que se suma a la ya acumulada. Una vez más vuelves a mirar para ver que todo va a peor. Solo promesas incumplidas. Solo excusas, cuando no babas. Solo mentiras y más mentiras. Unas entreveradas con otras. Ya nada es verdad. Y todo se llena de miedo, de desconfianza.

Yo no soy tú, pero he sido él. Afortunadamente ahora la empatía me permite relatar tu sentir. Porque ahora puedo sentir. Antes, no. Había algo siempre presente entre yo y mis sentimientos, algo que hacía tanto ruido en mi interior que me impedía escuchar mi propio corazón, y mucho menos el de los demás. Era como si el Amor estuviera al otro lado de un muro que yo mismo había construido y que me partía en dos por dentro. El muro es mi propia cárcel. Yo mismo era mi carcelero. Ya no había Libertad. Ya no había capacidad de sentir Amor. El muro es la adicción.

Hubo que tirar ese muro para que la emoción verdadera del ser volviera a fluir sanando el interior. Y se empieza necesariamente por dejar de poner más ladrillos en esa pared. Y la pared, ya sin su constructor, se desmorona sola. Se puede hacer. De hecho, lo que hay que hacer es dejar de hacer: dejar de controlar, dejar de creerse capaz, dejar de resistirse, dejar de empeñarse.

Y a ti, que ahora estás leyendo esto mientras probablemente en tu corazón está él, te invito a que des un primer paso. Deja también de luchar contra él. Empieza a concebir que, para poder empezar a cambiar, es necesario saber que la adicción es una enfermedad. Abandona la idea de que es una mala conducta elegida libremente por el enfermo. Nadie elige sufrir. No es una cuestión de fuerza de voluntad. De hecho, la supuesta voluntad es la que le hace creer al adicto que él puede controlar su adicción. “Mañana lo dejo”. Se miente a sí mismo una y otra vez en una rueda que gira y gira sin final.

Ya toca cambiar. Toca dejar de ser adicto al adicto. Toca mirar desde otro lugar. Toca mirarle a él como un enfermo que necesita sanar. Toca dejarse ayudar. Y así, pronto, podrás ver a un hombre que ha recuperado el Amor, que se ha reencontrado justo donde se perdió, que se ha devuelto a sí mismo su perdida Libertad.
Todo va a ir bien.

Justo Fernández

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